martes 17 de enero de 2012

El Triunfo de la Esperanza Sobre la Experiencia

Aún no tengo idea de cómo empezar este escrito. Camino a casa sentí la necesidad de exorcizar esto que siento en el pecho, en el cuerpo entero, si bien no es un dolor, sí tengo claro que es una sorpresa que inunda cualquier asombro.

Tomé la decisión de ser docente hace años, quizá la idea me atravesaba el pensamiento mucho antes de elaborar test sobre mi futuro profesional. De pronto, se me asomaba la idea de aprender “a costas de otro”. Poco a poco la idea fue madurando, seguramente aún no está al punto exacto, pero sí ha tomado otro significado: Permitir la transformación de una vida o de dos (la de quien está a mi cargo y, por supuesto, la mía). Siempre he pensado en que ser maestro implica un alto nivel de escucha, un poder inhumano para observar y una intuición magna para saber cómo guiar un proceso. Para mí la docencia artística se revela ante nuestro ojos como la única vía para trabajar desde, con, por y para el ser humano. No deniego de las virtudes de las demás áreas de conocimiento, a las cuales les atribuyo un alto poder y necesidad en la formación (cultura general, dice el erudito), pero sí es de mi interés subrayar las prácticas artísticas como forma básica y necesaria para APRENDERSE A RE-CONOCERSE. 

No soy un maestro con alta experiencia ni pretendo adjudicarme el honorífico título de Maestro del Siglo, tan solo gozo de un poco más de una docena de años de trayectoria. Sé muy bien que cometo errores, me ciego ante nuevos descubrimientos, me permito la existencia de la inercia corporal de vez en cuando y hago promesas que no cumplo. Finalmente ser profesor no me hace inmune a mi condición de ser humano y como todo ser humano me desnudo, me enamoro y voy al baño.

Para nadie es un secreto que mi trabajo tiene como base el respeto. No en un sentido acérrimo de poder ni de aprovecharme del lugar en que cualquier institución me pone. Hablo desde el respeto y la tolerancia (término mal interpretado en la actualidad, no nos enseñaron qué significaba) por el otro, el desarrollo de un “tacto” especial para dirigirse a quien escucha y el agradecimiento por el tiempo invertido, todo lo anterior en doble vía.
Al dirigirnos a cualquier persona olvidamos que el cuerpo habla por sí solo y que las palabras resultan siendo innecesarias si permitimos que el lenguaje corporal se apropie de manera correcta en el momento de la conversación. En resumen, no se trata de lo que decimos sino cómo lo decimos, sumando a esto la idea de: “El problema no existe en que yo no le entienda sino en que usted se haga entender”. La subestimación es otra de las caras largas que se nos presenta como constante, siempre pensamos que es el otro quien no  nos entiende. Nos equivocamos, somos nosotros quienes no hemos aprendido a hacernos entender.
Si a mis dieciocho años hubiera sabido lo que ahora no desconozco en totalidad seguramente hubiera guiado de mejor manera mis decisiones, pero todo tiene su tiempo, nada es gratuito y mi saber es la construcción de un sinfín de errores e ignorancias que se han aglomerado como base de esta pirámide estropeada la cual lleva por nombre Juan Tarquino.

Para nadie es un secreto que los tiempos cambian y aunque suene como anciano conforme siento que es la verdad. Entre más años pasen más debemos aprender a entender a quienes nosotros mismos creamos y quienes heredaron nuestros haberes y faltas (Actualización Docente). Me refiero a la adolescencia. Sí, el objetivo de ese momento de la vida, puedo decir, que se trata de errar, edificar un camino desde la voluntad, la terquedad y la obstinación. Y no está mal. Perderíamos el tiempo si de esta etapa no aprendemos al menos qué es lo que NO debemos hacer.

Cuán ciegos estamos en la mayoría de edad legal colombiana, reitero: no está mal, está maravilloso. Dejarnos llevar por un conjunto de palabras sin ordenar, una temática un tanto absurda, pero de interés común entre nuestros pares, de sueños momentáneos y hasta pretender ofender a cualquier persona usando la frase “tú tienes treinta y pucho”. Ahora, que abro en mi memoria el álbum de mi vida, puedo decir que, para mí, no es una ofensa ¡es un halago! Porque me doy cuenta de cuánto he crecido, de cuánto me falta y de cuántas prácticas pedagógicas me quedan por experimentar, pero sobre todo advierto esa culpa que se me siembra por no haber podido remover o rebelar (incitar) la transformación en el pensamiento de un adolescente para quien estar en un ciclo de mis clases significó perder el tiempo. ¿No hice lo suficiente? ¿En qué fallé? ¿No me hice entender?

Nunca ha sido de mi interés lograr que mis estudiantes piensen lo que yo pienso, ni que actúen como yo quiero, no seré jamás un modelo a seguir ni mucho menos un dictador que obliga a que se sigan sus instrucciones al pie de la letra. Esa no es mi labor. Tengo muy claro que lo único que me interesa es que quien “pasa por mis manos” termine su proceso con un poco de re-conocimiento propio, del lugar, del otro como actor liberador de expresiones. No me interesa, de ninguna manera, formar actores o bailarines, no es una decisión mía. Quizá en estoy también estoy equivocado.

Sí, las generaciones cambian, y nosotros con ellas, resulta insulso pretender quedarse  en los dieciocho años toda la vida. Eso no es secreto para ningún ser, pero es a nosotros, como formadores o deformadores de seres humanos obligarlos a desaprender y movilizar el interés por consultar, desarrollar dudas y prepararles para la batalla o simplemente ser seres humanos.

Qué maravilloso y qué enseñanza tuve hoy, dejé ir a un adolescente convencido de sus insultos hacia mí y hacia mi labor. Pero entendí que ya no tengo cabida en su formación, su tarea ahora es aprender a vivir o aprender a estrellarse. Y si bien aún no es dueño de sus decisiones, su opción de ahora es adueñarse de sus desaciertos. Ojalá, si se estrella, sea capaz de sacudirse, seguir adelante y no morir en el intento.
Si estas letras llegan a usted espero tenga la amabilidad de aprender de mí, al menos, cómo usar la ortografía o quizá a sus treinta y un años entienda lo que hace tiempo un maestro me dijo: “En el arte, papito, nadie es indispensable”

domingo 25 de diciembre de 2011

La predisposición mató al gato.


Querido(a) lector(a): No pido disculpas por las líneas sin sentido, a continuación compartidas. Si dio click, sabe a lo que se atiene.

Los domingos no se muestran como los más agradables días. Trastearme en festividades decembrinas ha sido la peor idea que he podido tener en mis cortos, pero largos, 31 años. El frío de este lugar es imposible para una sola persona, el jacuzzi espera ser habitado por un peso mayor a mis 60 kilos, los cuartos no tienen puerta, el arquitecto tuvo a bien imaginar un apartamento de soltero o quizá para un soltero que no tema mostrar lo que los demás ocultan, la pequeña ducha ya me queda grande. Tengo tanto miedo como ganas de acabar de escribir esta baratija.

He conocido en esta semana a una mujer gruesa, con un lunar de adorno en su mejilla izquierda, una voz bastante delgada, infantil, crédula de las letras que canta, pero sobre todo enamorada. Me quedo fijo, mirando cómo interpreta: le duele el sentimiento.
Nunca pensé que me doliera el hecho no tener a alguien que me duela. No me reconozco entre soledades y fríos de un octavo piso. En menos de tres minutos me arrepiento de mis pensamientos, caigo en cuenta o quizá la pierdo y decido despotricar sobre esta invención humana de la que hablo: EL AMOR.
¿Por qué, señorita Carla Morrison, construye canciones de amor si ya somos más los que no pertenecemos a esa mentira? ¿Miente usted? ¿Estoy yo del lado de la mentira o de la verdad? ¿Por qué mi afán por ubicarlo todo entre cánones que ni yo mismo quiero para mi vida?

Hace poco sostuve, en una de mis charlas fiesteras, que si cualquier ser humano llegaba a la treintañez sin estar enamorado era muy improbable estarlo después de tal edad. (Ya empecé a creer otra vez, debo sacudirme la cabeza y retomar la NO idea)
Hay una soledad que se niega a estar acompañada. En el colegio “enseñan” que menos más menos da más. Lo más aquí es la ausencia.

Ya estoy cansado de cubrir tanto miedo con sonrisas adornadas por whisky, frases digitadas en redes sociales que hacen la mentira popular. He comprado una cama doble para compartirla con mi alter ego y realmente no es lo que quiero. Perdónenme, amigos de la sociedad fiestera de solterones. Ya no lo quiero. Ese realmente no es el problema, el problema es querer y que no pase. La predisposición mató al gato.

La cara duele, ya se ha impostado mucho tiempo. Tarde o temprano terminaremos aceptando que la ausencia duele, en cualquiera de los lenguajes. No es nuestra culpa, fuimos criados por ambientes llenos de nostalgia, nos obligaron a crecer en la mentira del amor. O somos muy cobardes y no hay aceptación o no somos lo suficientemente valientes para cargar una responsabilidad más.

Dicho esto, lancen su primera piedra, la espero en la cara, el corazón ya lo entregué y no me lo devolvieron. PUNTO FINAL

domingo 9 de octubre de 2011

Para: Juan Tarquino. E.S.M

Ya está ocupado.
Espere su turno.
Vuelva a intentarlo.
Lo sentimos, hasta luego.

Odio tanto llegar a un lugar sin ser invitado. Presentarse con regalo incluido y una gran sonrisa como tatuaje facial no es suficiente. Puede no haber celebración o puede que ya no haya cupo. Desde hace un año y medio he preferido tomar el asiento de la esquina, un whisky en la mano y el gesto de admiración a las parejas de la fiesta, mover el pie derecho al compás de la música, saludar a unos cuantos desconocidos, fumar para tener cómo pensar, pedir otro trago, seguir vocalmente la canción que a gran volumen ambienta la escena, arreglar un poco las vestiduras, beber más whisky, sonreír porque se acerca un nuevo desconocido, perder el equilibrio y ganar la llamada para un taxi, llegar a casa y compartir mi cama con mi pijama.

Esta vez llegó una invitación a una festividad  extranjera, el mensajero miró mis ojos fijamente y me hizo saber que era bienvenido con el mayor placer. Acepté sin creer que la invitación tenía mi nombre directamente escrito. [No busco ser profundo ni interesante, si no lo escribo me carcome]. Al llegar a la fiesta ya no era el hombre solo, el mismo del trago de whisky en la esquina, ahora mi rol era diferente: ahora, en el centro del lugar, con las miradas ajenas atentas, el que espera una copa de rigor, una mirada que lo acompañe hasta la casa, el mismo pijama de compañía, pero con la ilusión de volver a ser invitado a tan magno evento.

Las invitaciones se repitieron una y otra vez con mayor fuerza. Encantado asistí.

Nunca he sido el mayor Don Juan, no sé conquistar y me queda grande el discurso alentador de galanterías. No sé cómo actuar cuando alguien me mira fijamente. Me desnuda en timidez la mano áspera que acaricia la mía. Tampoco es de mi control el silente temblor corporal cuando me habla la voz con acento diluido.
No busco complacencias de nadie, quizá lo único es mantenerme perturbado.

[Este texto se me comporta tan esquivo, tan negado a ser escrito. Desearía tanto estar escribiendo sobre su antónimo, pero a veces se cae en el amor y a veces se cae en el dolor del amor]

Retomando: Volví a aceptar la invitación, esta vez el festejo tendría otra locación, un poco más natural y orgánica. Unos caminos que olían a campo, sonido y presencia animal, colores vivos y alentadores. A mi izquierda, la figura de la cual se desprendieron un sinfín de imágenes. Hubo tanto silencio… tanto. Perdí señal al verle jugar por el monte, al ver el humo que despedía su cigarrillo. Pero afortunadamente pude contenerme y evité hacer de sus brazos mis extensiones.

Pasó más silencio que tiempo.

En el afán de ser sorprendido por un cuerpo que se hiciera cómplice de este mío creé una visión y me sentí realizador de una fantasía. Accedí a tantas invitaciones como tragos de cortesía hubo. Sonreí tantas veces como miradas esquivé. Pero mi intuición es mi mayor enemiga y sabía que algo pasaría. Llevo 31 años conviviendo con ella [con mi intuición] y aún le doy la pelea porque no se salga con la suya, siempre pierdo. Había algo que no funcionaba, que no encajaba y claramente no era yo porque estaba en el lugar correcto, la actitud debida, las pocas palabras justas, las miradas cada vez más fulminantes, las frases adecuadas y no pensadas. Tal era el riesgo que no había planeación en absoluto.

Me lancé, sabiendo que el vacío era lo que me recibiría, sólo que esperaba que antes de tocar suelo sería agarrado de la mano áspera, no para detener mi caída sino para caer en compañía. La mano nunca llegó, no alcanzó, estaba justo soltando otra que no era la mía.

Este cuerpo mío se cansa ya de intentarlo y morir en el acto de intentarlo. No seré quien cure heridas que no han sido provocadas, ni quien consuele un dolor que no existe.

Este camino se hace cada vez más arduo. Hay piedras que no permiten el avance, mis largas piernas empiezan a perder fuerza y las rodillas se sienten atraídas por el suelo. El tiempo pasa sobre mi pelo como ventarrón. La ventisca del desierto. Nada hay, nada pasa y ya no sé si quiera esperar que su acento sacuda mi mundo.

Disculpe usted, me retiro a la esquina. Traiga un whisky, un marlboro light y déjeme como estaba: solo, quiero entender cómo termina algo que no empezó.




.

domingo 18 de septiembre de 2011

[...]

Es ahora cuando veo las puertas entreabiertas.
Las calles vacías y húmedas, el aire lame el recuerdo de quienes pasaron afanadamente.
Lo sé muy bien, debo estar expuesto.
Pago el precio de lo nunca cometido, son los rezagos  de estar destinado a la no-utopía.
¡Cómo parte en dos lo que estuvo en pedazos hace tiempo y que ahora se vuelve uno, sólo uno!

Aseguran los transeúntes del estado de intimidación en que esta figura delgada los ubica. Madre, yo sólo respiro y sonrío. ¿Qué hay de villano en mi andar que detiene cualquier intento de caminar de la mano ajena?  La vida traza una delgada línea entre el camino desolado y el que está lleno de jolgorio.

Vacío.  Empty room. Living room.

Dime afrodita, ¿Cómo hiciste para quitarles a las sirenas sus amantes? ¿Cómo batallaste contra los destiempos? ¿Cómo apaciguaste las penas ajenas, las lejanías extranjeras, las mañanas desoladas y las convertiste en desayunos placenteros, de esos en que el pan no es llevado a tu boca por tu propia mano sino por la de tu amado?

He desarrollado una habilidad a renunciar hasta a lo que más me gusta, prefiero huir antes de ser acribillado. Reacción cobarde.
La peor parte de una porcelana rota son los pedazos que quedan por ahí, dispuestos a herir pasado el tiempo. En mi no-alfombra hay algunos de años pasados. Sin embargo, sé qué es lo que no quiero, lo aprendí del victimario corazón ajeno que ya no duele, pero marca y que ahora hace que desaparezca cualquier intento de aprendizaje.

Ya no quiero ser esa voz en el silencio.
No deseo conciliar dolores, porque el mío, intermitente, se descubre cada domingo.
No merezco la discontinuidad, no estoy hecho para procesos interrumpidos.
Se acaba la fuerza de las palabras inconexas y pétreas y no hay a la vista quien usurpe el lugar del latido silente que se atreva a derribar la equivocada construcción de las frases. Ya no sé ni de lo que hablo. Ya no sé, siquiera, el idioma en que todo esto debe traducirse.

Mañana es lunes.
Mañana el comportamiento olvidará dolores dominicales, estomacales, palabras pueriles  e inconstantes.

La bipolaridad de mis emociones es ahora causa y efecto de mi sueño nocturno, de mi respirar fatigado, de mi ilusión cansada.

Abro comillas, paréntesis, puntos suspensivos, me asomo por encima de mi coronilla, un poco más allá de mi nariz puedo ver la nada, el todo por el todo y la nada dentro del todo. No hay una mano amante que auxilie al corazón sombrío. Patetismo treintañero que sólo yo entiendo y disfrazo en comedia diaria. ¿Estaré “enjuveneciendo” en lugar de avanzar con mi edad? Características infantes y ridículas que encaminan la noche dominical y fría. La noche, el peor momento para dar noticias. Es en la noche cuando el cuerpo, débil y cansado, recibe sin defensas los ataques de la no-pasión. No está listo, pero no tiene prisa de estarlo. Está listo y tiene prisa de respirar, porque ya Hades enciende remos y viene por cada mortal, entre ellos usted y yo.

El cine estuvo bien. El cine no existió.

Discurso reiterativo e inexplicable que ya mañana borraré.

Y ustedes, enemigos de esa felicidad mía, festejen... una vez más acudan al jolgorio.

"Ámense los unos a otros, ámense hasta que todo acabe… Todo acabará pronto pues el amor eterno es aquel amor imposible"

miércoles 13 de julio de 2011

Carta abierta a mi madre

¿Mamá, por qué no nací en Europa?
¿Por qué mi padre no fue Chaplin o Bob Marley o al menos Samper?
¿Por qué tenías que llamarme con el nombre más popular de toda América?
¿Por qué, Madre, tuve que hablar español?
Madre, ¿Por qué mis vacaciones nunca fueron en París?
¿Qué te costaba, Madre, haberme criado en un palacio, lleno de tapetes hechos de piel de tigre?
¿Era mucho pedir engendrarme con un hombre al cual pudiera con respeto llamar: Papá? Sentármele a la diestra, agarrarle la mano y, sin temor, decirle: -Tengo miedo Padre. Tengo miedo de no responder a los azares de la vida.
¿Madre, por qué no viajo de vez en cuando entre los siete mares y decido la estadía de mis noches entre un folleto de hoteles cinco estrellas?
¿Para qué, Madre, la vida tenía que negarme posibilidades y hacer de mí un bastardo de la realidad social?
¿Por qué, Mamita, no podíamos beber vino a la cena?
¿Por qué, cuando niño, tuve que compartir habitación con mi hermana? ¡Yo quería un palacio!
¿Por qué no nací en Europa, Madre?

Ahora que nos separamos, Madre, respiro y pienso, reflexiono y asimilo. De haber nacido en Europa sería hasta más retrasado de lo que soy. O tal vez sería reumático a mi poca edad. No sabría cómo hervir la leche, seguramente no tendría idea de amar.
Ahora, Madre, que tengo treinta años veo cómo es de fácil la infancia con una mujer como tú al lado, pero ahora, en este instante, no sé quién soy. ¿Lo sabes tú, Madre? ¿Me conoces ahora? ¿Me ves saltando y gritando “Quiero ser odontólogo”, como cuando era niño? Bien, llegó el momento de saberlo. Y voy por eso. Ya lo hice alguna vez. Sabes bien que de impulsos y de decisiones apresuradas soy. Hace rato crecí, Madre. Eso tú y yo ya lo sabemos. Ya nos separamos cuatro años, pero la lejanía me hizo volver a ti, a tus brazos. Necesitaba escuchar noche a noche: “Juanchito, me cierra la puerta” y mil frases tuyas, tenía necesidad de ti, siempre la tendré.

No tengo mucho tiempo, Madre, el acarreo se va sin mí, y yo sin ti. Pero, sobre todo, no tengo tiempo porque puede que me arrepienta de escribirte estas letras, la parte cobarde de tu hijo suele durar menos de lo que te demores leyéndolas.

“Tómense de la mano y caminen juntos hasta que la muerte les separe” debería ser la frase del sacerdote al bautizar. Pero este mundo tiene ciertas cosas en el orden incorrecto.

Llamaré cada noche, preguntaré si has cerrado bien las puertas, el gas, los grifos. Si estás con frío o te tomaste tus vitaminas. Lo juro. Te pensaré tanto que te hartarás de mí. Esta vez cumpliré mis promesas, seré justo con nuestros tiempos y preferiré darte besos que estar lejos de ti.
Me voy, miedoso, pero lleno de esperanza. Construiré un lugar para mí, para que lo compartas conmigo.
Me voy con la cabeza tranquila, serena, más que la primera vez porque esta vez, Madre, nadie me espera en el nuevo lugar y es sólo trabajo mío edificar mi paz.
Camino largo el que se avecina, pero ya verás que te haré la mujer más feliz del mundo. Sólo no te me vayas, no todavía, no hasta que pueda entregarte mi vida, como lo haces tú. Despídeme con un fuerte abrazo, de esos que tú siempre sabes dar cuando te emocionas y lloras por un rato. Abrázame tan fuerte que me duela el cuerpo y bésame en la mejilla tantas veces que no pueda lavarme tu pinta labios.

Qué regalo, Madre, el que la vida me dio. Porque de haber nacido en Europa no te hubiera conocido ni hubiera aprendido de la valentía que expides al hablar. No soy Europeo, soy tuyo y te amo colombianamente.

Madre, te adoro tanto que de sólo pensarte me baño en lágrimas el rostro.

Siempre tuyo,

Juan Manuel.

miércoles 6 de julio de 2011

Cordial invitación a la N A D A

Escribí algo para ti en la melodía de la canción que suena una y otra vez.
Escribí en el beso que me diste a la luz de la noche.

El escrito se dibuja justo al lado de tu labio superior, ese mismo que se esconde entre colores rubios cuando sonríes.
Sin una sola palabra, pero a pulso, escribí una pequeña huella en tu lengua.

La noche sirve de espejo, una calle desolada (yo sé que nos ven, siempre hay alguien observando), un sonido nervioso esperando a ser exhalado. Un aliento completo que se desafora con el simple rose de las manos, de tus dedos y los míos.

Desventurados quienes temen a una carrera llena de velocidad, quienes no ceden al riesgo de abalanzarse a la nada. ¿Y qué si no hay fondo? ¿Dónde vamos a caer? ¿Y si no es caer sino levantarse?

Deja tu figura tendida en mi almohada, yo me encargo de no desdibujar las señales de tu cabeza, el resto de tu cuerpo lo tengo en el pecho y es lo que hace arder cada latido.

Es esta fiebre la que calienta mi deseo de esperar, y cuando llegues a mí (no hablo del momento) tomarte de la mano y correr hacia el no-fondo.

Te mentí, no dormiré apenas muera nuestra conversación, me dedicaré a escribir palabras inconexas… las cuales, seguramente, no leas.

Sí, esa canción como estas letras que poco gozan de técnica, son para ti. Lamento decepcionar al más erudito.

Aquí estaré. Y si no llegas a recatarme, seguiré con los brazos abiertos y las manos prestas para digitar pensamientos (varios).


HOT AS A FEVER
RATTLING BONES
I COULD JUST TASTE IT
TASTE IT
IF IT’S NOT FOREVER
IF IT’S JUST TONIGHT
OH IT’S STILL THE GREATEST
THE GREATEST… and I’ll keep waiting

lunes 6 de junio de 2011

Esta habitación encerrada por árboles


 

Y por qué he de escribir grandes figuras literarias mientras la ciega noche me llena de soledad y vestigios. No seré yo un poeta maldito a quien sin azar la estructura narrativa acompaña. Menos intentaré comprender el lenguaje musical del verso que galopando se interpone en las palabras. No pretendo negarme en la tragedia del protagonista vacío y sin rumbo.
No quiero. No deseo. No me impongo… Mientras usted, amor ausente/invisible, no sea constante transeúnte de mi cama.

Un cigarrillo, su voz de fondo que ambienta y calienta el ambiente frío de mi ciudad. Amarle se ha hecho especial, aunque no esté aquí. Me detengo, me permito escuchar introspectivamente los latidos del corazón cuando su imagen atraviesa mi imaginación y la vuelve de colores, escucho atentamente y descubro que el ritmo se acelera y entra en melodía constante, sonante… dinámica.

¿Quién no ha amado con miedo a caer? Y si caigo será en el prado que me ha construido. Un par de algodones verdes fluorescentes detienen esta caída por ausencia ajena. Para usted, amor, la ausencia soy yo.
Y arriesgo todo, me arriesgo a amarle a solas para volverle a ver, a contar las horas para volver a oler su piel, a cantar canciones a todo pulmón para que mi voz traspase fronteras y llegue directo a su pecho, el mismo que amo acariciar.

Me entrego a su tranquilidad porque es allí donde me ubico seguro y en paz.
Me entrego a su esperanza porque es allí donde no debo llevar pasaporte.
Me entrego a su respirar porque es allí donde se despide el olor más atractivo.
En esto, amor, igual que en la muerte: ya no hay nada que hacer.

Abrazarle eternamente sería poco deseo para lo que la vida, por obligación, ha de concederme. Sabe muy bien mi conciencia que usted despierta las ansias de vivir con el corazón sonriente. Suave y dulce música de su voz, de su aliento.
Es usted quien con su mirada me devuelve la paciencia.

De alguna manera trato de decirle que nunca olvidaré cómo me hablaba sin decirme nada. Deme las palabras pero no diga nada, sólo hágame sentir. En cambio yo, escribo directamente pues entre estas líneas sólo estamos usted y yo. Y sacrifico a los dolientes de esta unión pues ya fue su tiempo, su época, su día. Es nuestro turno. Es el nuestro y somos nosotros quienes tomamos el barco hacia la tierra del siempre amar.

Y es esta espera, amor, la que alienta el deseo.
Es la distancia la que sirve para conocernos.
Es este vino el que me hace susurrar su nombre.
Es esta nueva manera de quererle lo que mantiene viva la algarabía en mi cuerpo.

jueves 24 de febrero de 2011

Rezagos de un algo no elocuente.


No quiero escribir, dice el corazón.
Y esta alma mía no cree en la frivolidad, que cada vez se comporta repulsiva con mi recibimiento.
Ya mi mente se cansa de disfrazarse en impresionismos.
Mis manos se quejan abiertamente de ya no escribir para ojos alternos.
No hay.

Ódiame yo mismo, ódiame como sólo yo mismo puedo hacerlo.
Y clamo al cielo perdón, pero las nubes no responden.
Hoy no llovió. El cielo lloró a la par de mis ojos.
Sin encontrar razón alguna sólo puedo tratar de hilar palabras y componer una musiquita.

He vuelto a la tienda, pedí cigarrillos. La mujer que vende me ha mirado sorprendida como si supiera que algo pasa. ¿Tanto se me notará esta ausencia que entre vaivenes me despoja de mí mismo?
No te quiero matar SUEÑO, matarte más veces de las que ya lo he hecho sin contar que tienes más vidas que un gato.
Y aunque libre soy de cualquier sentimiento lo que duele es no ser prisionero. La soledad invade mi cama, ya ni me acobija. No tengo el valor para preguntarle por qué ya no me acompaña, pero tampoco tengo el carácter para sacarla a patadas de casa.

Entre el patetismo de mis palabras me examino.
Hay un pulmón dispuesto a sacudir esta tierra.
El otro sólo quiere oscilar.

Lo más doloroso de la guerra contra el amor es no tener a quien perder.
Estoy yo en mi bando, dando la pelea al vacío.
Del otro lado… del otro lado está la nada. Y la nada de nada me vale.

¿Qué resulta más difícil, madre, sufrir por un corazón ajeno o sufrir por no tenerlo?
¿Puedes decirme quién soy?
¿Acierto en la hora de llegada?
¿Puedo preguntarte si alguna vez entrarás a mi vida y te veré respirar, pero nunca verte partir?

¿Puedo preguntarte si es este otro ataque de las tres décadas que lleva mi cuerpo sudando?
Responde. Que la impaciencia siempre ha sido mi tercer apellido.

El aire es cristal y estalla. Aunque parezca extraño, amor imaginario que no has llegado y sabe Dios si lo harás, te quiero devorar.

No estás aquí y yo desapareciendo vivo.

jueves 10 de febrero de 2011

Unread Letter to an Unseen Reader

Y tú figura extraña y rara.
Tú que te vas sin haberte siquiera tocado.
Tú que entre montañas respiras y caminas entre los muertos.
Tú, sueño de almohadas no hechas.
Estructura corpórea que ha excitado mis sentidos sin tan solo probar con mis manos el sabor de tu piel.

Quiero creer en las palabras no dichas,
Aquellas que se hacen materia en el NO LUGAR,
Esas mismas que mis oídos añoran escuchar.
Vuelve sin que te vayas y no te vayas porque no vas a volver.

Y cómo le explico yo al sentimiento que pierda el impulso orgánico que se activó al leerte.
Es mejor que corras lejos de mí, corre porque soy capaz de asfixiar con un beso tu presencia.
Escapa, huye,  titila entre los buenos aires sin medir los 2.600 metros.
Huyo, corro y vacilo en el pensamiento de lo que es, del miedo que produce el saber que estuve tan a punto.

Esta vez el toro ha muerto, entre telones y máscaras, entre maquillajes y nuevos trajes que nunca usará.
Hay un regalo para ti, aquí, en el centro de mi pecho, no es más que la gana de AMARTE  hasta que la fe vuelva a irse. Tú, entre lo inhóspito de tu acento lo trajiste.

Cómo no confundirte entre cuerpos largos y estilizados, como no imaginarte… como no tenerte y poder sentirte tan cerca. Como si camináramos juntos por el terreno baldío.

Confieso que no había querido querer, la imposibilidad de la distancia y todo lo que la NO cercanía atrae seguramente hace más atractiva la situación.

Muero por tocar el piano con tus manos.
Escuchar el violín a través de tu oído.
Y bailar tanguillos con ese asincopado hablar.

Soy un maestro de la lúdica
Y es la lúdica infantil que palpita en tu pecho esta noche,
La misma que duele,
La misma que se sobresalta al no sentirme, lo sé.
Tu grande y gruesa boca me lo dicta, yo copio, escribo, leo y te veo.
¿Te veo?

Déjame que te toque con la punta de mis pestañas que aunque no largas sí se comportan acariciadoras de cuerpos.
Cat Power canta una vez más, la pobre debe estar cansada de mis intentos y desatinos.
¿Será bendición del universo o maldición de la mala suerte?
Yo no soy más que un ser humano negado a amar, pero llegas tú apenas pronuncio mi fatal discurso. Doblo las hojas donde he escrito las palabras de negación y me las trago sin derecho a bebida que apacigüe el trancón digestivo. 


No me escribas palabras de amor cuando no puedes leérmelas a viva voz. Porque no es a tu letra lo que quiero leer, es a tu cuerpo del que quiero aprender.

Es la injusticia del amor, Amor.
Es lo simétrico del tiempo que no nos acepta, porque somos orgánicos y él,  el tiempo, no sabe de formas ni contenidos.
Es la envidia del cielo que corroe las más altas nubes y hace llover en nosotros.

Solía amarme, quiero amarte en el silencio de tus movimientos, sin más ruido que tu respiración.

domingo 23 de enero de 2011

Q.E.P.D el Yo Amante

Luz
Claridad
Plexo solar

Hay un lugar que no había explorado en todo este tiempo: El lugar de la aceptación. Se suele tener la duda, y más en un ser como este que no sabe si el “Sí” ocasionará un “No” y esta bendita maña de querer ir un paso más adelante. Siempre con el beneficio de la duda, siempre esperando y cruzando los dedos para que eso que este imagina sea más positivo que lo que alcanzó a dibujar en su imaginación.

El hecho de abrigarse por él mismo le ha permitido reconocerse frente al reflejo del viejo espejo. Había estado aferrado a la idea de la vida inexistente que en supuestos existiría  en algún lugar de la tierra. Había desgastado su espera. Había contado menos tiempo del que había pasado. Este, había querido seguir dándole de comer a la idea absurda que nunca vivió.
Escribamos por primera vez un texto organizado, que mantenga la organicidad de lo asimétrico, pero que guarde las pautas de la ley.

(Tres segundos más tarde)
¿Y por qué sacrificar el impulso de mi mente por lo estructurado de la tradición?
Declaro firmemente que “Este” del párrafo anterior soy yo y me represento más solitario que nunca. No porque no tenga la compañía. Es que ya no quiero. Y es de esa aceptación de la que hablo No quiero seguir royendo la idea que maltrata mi mente. La ilusión es un cuento pintado, pero no material. Y ya no tengo edad mental ni sentimental para ilusionarme. Acepto, de manera pública que lo he intentado, pero algo sucede. Lanzo la granada de la no cercanía y estalla destruyéndolo todo.

Me descubro en una realidad adolescente. ¿Qué se atraviesa en mis neuronas? Y peor aún, ¿Quedan?

Átenme de brazos y tobillos si alguna vez me retracto de mis palabras. Átenme con fuerza desprevenida si mi boca vuelve a intentar perder la vida en palabras llenas de veneno. Ya no creo. Y tú, energía obscura, has ganado. Es este un final reñido y aunque con fuerzas llego a la meta, freno mi paso y decido entregarte la victoria.

Perderé mil veces la vida entre caos pagano y prefiero imaginarme en el tumulto que vivir con Cat Power al oído en espera de su llegada. Mi positivismo corazonista ha llegado a su fin y mi cuerpo yace en descarga porque dio hasta el dedo meñique en el duelo. Sí, vida común y barata, ya me demuestras lo equivocado que estaba al creer. Ya NO creo. A qué creer. A qué querer. ¿A quién querer? Y si lo hubiera, ¿Quiero querer? No.

Ya quise y con fuego desmesurado y quise 7 años seguidos. Entregué dos veces estos latidos míos que se acrecentaban con la mirada ajena. ¿Qué me invento ahora, que la tercera es la vencida? (cual frase popular). Prefiero no arriesgar más. Ya no tengo qué. Ya no duele nada porque ya no tengo cuerpo. Perdí la batalla. No daré otra, entrego la victoria de la guerra y me uno al pueblo  rastrero.

No se vio jamás a alguien que pudiera más que como yo lo hacía. (En lentitud inteligente saca de su bolsillo el arma, que minutos más tarde será instrumento para acabar con su Yo Amante)

Madre cuida de ti, que ya no necesito cuidado alguno, ya conozco el dolor.
Hay un festejo por estas letras, en este velorio se danzará el alma y se tomará el mundo. Se caminara en seguridad, porque no hay vendas ahora que cubran los ojos pétreos.


“Pero él no escucha, porque está ciego 
y no siente porque le amputaron el olfato.
Sólo saborea la soledad!”

Nota: Este texto ha sido impulsado por la visión adolescente y maravillosa de Laura Donado a quien agradezco su inocencia.